Usted que lo IKEA
Enero 17th, 2010Como ya sabéis (por las noticias y los tabloides) el otro día estuve de despiporre en el IKEA, ahí, a por un flexo. Y una mesa. Bueno, dos. Y una estantería y una cosa para escurrir los platos.
Por lo general, los centros comerciales me resultan insulsos y anodinos. Cuando entras te conviertes en un autómata que llena su carro, paga y se va, y así todos los que entran. Yo le echo la culpa a que casi siempre ponen a Jarabe de Palo en el hilo musical y eso como que te normaliza. En el sentido mierdero de la palabra.
Esto, sin embargo, no se cumple en el IKEA. Para empezar no te ponen a Jarabe de Palo.

Entras, coges tu bolsa amarilla, tus siete lápices y tus dos cintas métricas de papel que no vas a utilizar y que se van a transformar en cadenas de ADN en tus bolsillos. Entras, decía, y en los primeros metros de tu recorrido ya puedes observar que la gente aquí es multicolor, cada uno con sus virtudes y miserias como la pareja de prometidos, de la cual una parte piensa en el color de los muebles y la otra en las pulgadas de fullHD que soportará esa mesa; o como el matrimonio que atraviesa los pasillos arrastrando a un infante que lo toca todo y ellos le dicen que no toque nada y que se esté quieto, pero el muy cabrón no para DE TOCARLO TODO; o como los solteros intentando en vano que su pisito parezca el de las teleseries españolas a base de contrachapados de colores coléricos.
Hay muchos más casos que se pueden analizar, y si sois sociólogos frustados os podéis pegar unas tardes brutales entre sus pasillos, pero hay un aspecto bastante chungo en el que me quiero detener, y es que igual que la sociedad tiene a personas malas y oscuras, IKEA tiene a sus propios hijos de puta pululando por allí.
En este caso, los que más dejan huella son los ABANDONADORES DE ANCIANOS.
Zona de los sofás: 3 ancianos. Zona de dormitorios: 1 anciano. Zona de cocinas: 0 ancianos. Zona de oficina: 2 ancianos… y así sucesivamente. Ancianos abandonados a su suerte en sofás y sillas de diseño (con lo mal que tienen que ir para la ciática) esperando, ingenuamente, a que alguien vagamente conocido les diga “vamos abuelo” y se los lleve a algún lugar seguro.
Especialmente cruel fue el caso de una señora a la que dejaron en ¡el pasillo 3 de la zona de autoservicio AL LADO DE UNOS PALÉS! La pobre mujer estaba sentada en una silla bastante cutre y luchaba contra una somnolencia atroz. Ya sabéis como funciona el tema: cabeza abajo lentamente, ¡respingo y cabeza arriba!
El caso es que estaba cerca de uno de los ordenadores táctiles. Yo fui en tres ocasiones a comprobar la localización de no se que, y cada vez que iba la mujer despertaba y se encontraba con mi esbelta figura meneando obscenamente el dedo por la pantalla esa.
Yo nunca he estado en una guerra (ojalá nunca lo esté) pero la angustia por el terror y el abandono que reflejaban sus ojos me hizo pensar en las grandes atrocidades históricas. He de añadir que disfruté secretamente (para una vez que puedo infundir terror ¿qué queréis?). el cabrón interior tiene la culpa.
Pero tampoco hay que cebarse en los aspectos negativos. El mundo IKEA también proporciona momentazos como cuando llegas a la salida, después de atravesar laberintos y laberintos durante horas, y te sientes como el chico este que sale en la tele y que se come truchas crudas y ardillas y gusanos y hace cosas raras por ahí. Si mujer, el Arguiñano.
O cuando llegas a casa y te pones a montar tus compras, y las instrucciones no sirven para nada pero aún así consigues montar la cómoda Hemnes. Es el momento en el que resurge tu homo habilis, dejas de ser el oficinista anónimo para convertirte en EL MACHO: Manufacturador, semental de la manada y creador de todo lo visible!
Lástima que esa cómoda en realidad era ¡¡el sofá Ektorp Lövås!! ¡¡Vomitaciones y desmayos!!











Pues date una vuelta por el Ikea chino
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