A primera vista no es tan ilógico.
Has elegido que quieres vivir produciendo arte. Un arte inmaterial llamado música. Ofreces tu producto y unas personas anónimas (que en este momento pasan a denominarse clientes) se interesan por él. Algunos compran, otros no, pero como las perdidas no superan a las ganancias decides seguir en el proyecto.
Pasa el tiempo y descubres que muchos de tus clientes se han convertido en fieles compradores y habituales. Muchos se identifican con tu marca y la difunden entre los componentes de su microsistema cuando tienen ocasión, lo que genera más clientes.
Los clientes que traen más clientes se llaman representantes. Tus representantes reciben una comisión del 0%, lo cual es bastante rentable (pagar en metálico a cada uno sería tu fin) aunque poco agradecido.
En un momento dado, por desavenencias con tus socios, mandas el negocio a la mierda. Pierdes la ilusión y decides convertirte en un autónomo solitario.
Sin embargo, contemplas atónito como los representantes siguen atrayendo a clientes por su cuenta. Y, tanto los nuevos clientes como los representantes, piden que sigas con tu producto. Tu marca se ha convertido en algo vivo sustentado por tu cartera de clientes, la cual se autosustenta gracias a… tus clientes. Cosas de recursividad y retroalimentación.
Decides abrir de nuevo el negocio.
Dado que te has dado cuenta que sin tus clientes no eres nadie, optas por buscar un sistema que permita agradecer el trabajo de tus representantes, atraer a nuevos clientes, y reforzar la imagen de tu marca para que estos nuevos clientes se conviertan en representantes y traigan a mas clientes a su vez.
¿Qué piden? Información sobre tí, sobre tu proyecto, sobre el proceso para crear un producto. Piden que les hables y que les escuches. Y sobretodo piden que no te interpongas en su afán por promocionarte. Esto será, en definitiva, lo que hará que tu marca sea grande. El cliente, amigo, siempre tiene la razón.
Billy Corgan lo entendió perfectamente tras la disolución de los Smashing. Fue de los primeros en aprovechar su web corporativa para publicar unos textos personales que hoy llamaríamos blog. Tuvo a bien regalar un álbum póstumo en su propia web, y dar permiso para su difusión por los p2p (puedes descargarlo aquí). Supo descubrir el potencial de sus clientes y proveedores y la comunicación con ambos mediante su MySpace, o mediante su blog en livejournal. Les hizo regalos a la mínima ocasión. Entendió que ellos eran su sustento y su motor.
Si entrais en la nueva web de los Smashing Pumpkins, no encontrareis el Quienes Somos. Han abolido la web corporativa unidireccional para implementar una res pública social. Resulta que Billy se ha dado cuenta de que Smashing Pumpkins somos todos.
A simple vista no es tan ilógico, pero hay gente que todavía no lo entiende. (Aunque algunos ya lo van pillando, eso si
)